El tiempo de los abrazos infinitos

Juventud Rebelde

René González ya está fuera de prisión y sin embargo su vida sigue a la espera de recomenzar. Con sentimientos contradictorios, su hija mayor comparte detalles de esta nueva etapa en la vida de su familia.

Encima de la puerta de entrada al hogar, la declaración de principios sobrecoge: «En esta casa vive el mejor papá del mundo». No importa que el Gobierno estadounidense haya decidido encerrarlo por ser bueno, por salvar a millones, y que durante 13 años las haya privado del abrazo, el beso, la carcajada infinita, la conversación diaria. Para Irmita e Ivette, para Olga, quien bajo aquel techo las ha visto crecer y ha tenido que crecerse, él, René González Sehwerert, está y es el mejor.

Y cruzar el umbral no supone asomarse al vacío de un «ausente» por más de una década, a quien incluso después de cumplir hasta el último minuto de su injusta condena le niegan el regreso. Su familia lo hace habitar cada rincón de la casa a fuerza de nombrarlo, de sentirlo allí. Las fotos del salón no son las del preso con sus hijas o las del héroe que las sostiene en un abrazo forzadamente efímero, congelado. Son las del hombre rodeando a sus frutos, quien, con una sonrisa limpia, espera, por fin, vivir la existencia escamoteada.

Ni una sola huella de odio hay en el espacio vital que debió haberlo recibido el pasado 7 de octubre, después de que, a las 4:30 a.m., René salió de la prisión de Marianna.

Irmita, la hija mayor de este héroe moderno, dice que sí al diálogo con JR. Está llena de nuevas vivencias con su papá, y aunque la habitan sentimientos contradictorios, porque ella y su hermana no pudieron regresar con él para estar junto a su mamá, por lo menos pasaron algunas jornadas haciendo lo que por años les estuvo negado.

Antes de ocupar una silla en el comedor, la joven planta la cafetera. Con dos tazas humeantes se inicia un viaje al pasado reciente. Y en él, «mi papá», como lo llama todo el tiempo, con esa dulzura en la voz que cargamos las hijas, es presentado fuera de las rejas, pero lejos aún del país amado.

«Nos pasamos esos días tranquilos, haciendo lo que en mucho tiempo yo no hice con mi papá y que Ivette nunca pudo: dormir juntos, darnos muchos besos, comer juntos. Él nos levantaba por la mañana porque se despertaba más temprano. Conversábamos, tratábamos de ponerlo al día», dice Irmita, quien no dejó de mencionar que a pesar de la alegría de poder hacer todas esas cosas fueron horas difíciles, porque faltaba Olga, porque sabían que debían dejarlo allá y porque, según confesó, era como una prisión domiciliaria.

Esas primeras horas juntos fueron de muchas tensiones, comenta, y vuelve a él, a ese hombre que partió con 33 años.

«Mi papá se fue en el año 90, hace más de 20 que no está en Cuba. Tiene una nostalgia muy grande por su Patria, quiere caminar las calles de Cuba, ir a las provincias, quiere ver a su gente, quiere conversar con todas las personas que han apoyado esta batalla, y no puede.

«Para él eso es muy duro. No hubo un día en que no se acordara de sus hermanos, de cómo fueron aquellos momentos del largo juicio. Había que ver la forma en que él hablaba con mi mamá; saber que él estaba de alguna forma libre y que no puede verla, que su familia está toda aquí».

Irmita necesita desahogarse, y por eso apunta: «Es un cambio, pero es todavía injusto. No se puede olvidar que mi papá cumplió hasta el último minuto de su condena, y ahora está cumpliendo los tres años de probatoria (la llamada libertad supervisada), prácticamente preso también, porque está en EE.UU. y es un riesgo para su seguridad que nos viene a la mente todos los días. Él allá está “libre”, pero no puede venir a su Patria, no puede hacer lo que quiera, no puede estar con sus hijas, no puede estar con su esposa. Esas son las condiciones», comenta.
El diario de los abrazos

Contar esos días en que pudieron tocar al padre sin guardias alrededor, mirarlo largo, hablar, le ilumina el rostro a la joven psicóloga. Recuerda que en la cárcel los abrazos eran cuando llegaban y cuando se iban; no podía haber apenas roce, ni muchos besos.

«Por primera vez en largo tiempo mi papá nos pudo cargar. Él decía que quería cargarnos desde hacía mucho. Los días transcurrieron tranquilos, en familia…

«Un día al levantarnos nos había lavado la ropa y la había doblado, pero entonces dijo: ¡Qué difícil doblar la ropa de las mujeres, con esa cantidad de vuelos! Nos reímos, claro, porque él estaba acostumbrado a doblar un pantalón y una camisa en la cárcel».

Cuenta que René quería arreglar cualquier cosa que veía rota en el lugar donde estaba. Necesitaba enderezarlo todo, y la hija piensa que se trata de su ansiedad por una vida normal. Se la pasaba preocupado por si ellas comían o no, por si dormían mucho o no descansaban lo suficiente...

«Eran esas preocupaciones normales en una casa, aun cuando se trataba más o menos de un experimento, porque sabíamos que no podíamos estar con él mucho tiempo, ni ese era su hogar», apunta.

Aun así, Irmita reconoce que vivieron un espacio nuevo que no habían tenido la posibilidad de disfrutar.

«Si conversábamos, nos reíamos, si le grabábamos un video para mi mamá… Es lo que hace un padre con sus hijas todos los días, lo que para nosotros era especial porque llevábamos mucho tiempo sin hacerlo.

«Yo tenía seis años cuando él se fue, y al reencontrarnos lo que estuvimos juntos fue un año y medio antes de que lo arrestaran.

«Mi hermana no sabía lo que era ver a mi papá en la mesa; yo no me acordaba de la última vez que lo vi con una ropa distinta a la de preso; sentarnos con él a ver una película era un acontecimiento, porque no había que hacer grandes cosas para sentirse bien cuando todo lo que se estaba haciendo era especial», explica, y los ojos de miel se extravían hasta algún punto en el que vuelven a abrazarlo. Después agrega: «Estar 13 años en una prisión con un horario y, luego, en las visitas, permanecer sentados uno al lado del otro, con guardias y otras personas, sin poder conversar de todo, reírte como quisieras o acomodarte… Para nosotras sentarnos ahora al lado de nuestro padre y subirle los pies encima, fue grandioso.

«Y por suerte, a pesar de la distancia, la confianza con él es total, porque la comunicación es muy fluida… No había que esforzarse, no nos estábamos conociendo, solo que no habíamos tenido un espacio normal para compartir», comenta, y el aire que entra por la terraza suaviza la mezcla de sentimientos.


Ivette desde su hermana mayor

«A Ivette se le hizo sencillo. Antes, en las visitas, ella nunca había tenido pena para decirle lo que piensa, así es mucho más cómodo. Pero comoquiera es algo nuevo para ella: es ver a su papá en un espacio donde nunca lo vio: es verlo caminar, por ejemplo, porque en el salón de visitas apenas eran tres pasos.

«Creo que es aprender ahora a ver a su papá en esas circunstancias, que son normales, pero para ella no; aunque tampoco es difícil, porque mi papá ha estado en cada acontecimiento importante de nuestra familia, en cada uno de sus logros», dice y su altura se multiplica. No la agotan tantas responsabilidades como hermana mayor y como hija; lo asume como parte de la batalla diaria porque el abrazo sea, por fin, infinito.

Claro, no puede negar que es duro.

«Venir, saber que está allá; saber que cuando estamos con él, mi mamá permanece aquí; que tenemos que ser un puente entre ellos dos, que ellos tienen que comunicarse a través de nosotras, porque no se pueden ver. Son todos estos años esperando y que aún no puedan estar juntos».

La hija menor de René pasó ocho años de su vida sin ver a su padre. Lo arrestaron cuando ella tenía cuatro meses. Ahora Ivette tiene 13, los mismos que él pasó en la cárcel.

Irmita recuerda cómo fue aquella vez que viajó con su hermana por primera vez a ver a su papá.

«Ese momento en que Ivette lo conoció fue un poco tenso, porque yo era la presentadora, y luego tenía que seguir con Ivette, y era una niña. Y yo estaba un poco a la expectativa a ver qué pasaba, así que la fuimos preparando. Creo que lo hicimos durante toda su vida.

«Cuando llegó ese momento ella lo abrazó y empezaron a hablar muy normalmente. De hecho, en esa visita yo casi no tuve que intervenir, porque ella empezó a hablar y hablar, poniéndolo al día de todo en su vida. Y mi papá la disfrutó mucho: la miraba, la acariciaba, la besaba. Increíblemente fue más fácil de lo que nosotros pensábamos».

Pero regresa a lo que lo cambia todo, a lo que la arrastra a la mueca y, de cierto modo, le ensombrece el brillo en la mirada: «Lo complejo era y es regresar, y venir con muchos recuerdos de mi papá; con muchos momentos, con muchas conversaciones, con ideas, con imágenes, y que mi mamá nos espere en el aeropuerto y nos diga: “Bueno, cuéntenme”… Y una no poder transmitirle eso, porque es muy difícil transmitir los sentimientos y es muy difícil contarle cómo está, porque por mucho que uno le diga que está bien, ella no lo va a creer hasta que no lo compruebe con sus propios ojos. Por mucho que uno le diga a él que ella le manda besos y que lo adora, él no lo va a sentir como si ella lo abrazara, y viceversa».

Está libre, pero no

«Él quiere saber cada detalle de ese país que tanto extraña, por el cual tanta nostalgia siente, y es muy difícil también transmitir eso, porque son sensaciones que él no vive.

«Él tiene planes: sabe adónde va a caminar, qué quiere ver y, por supuesto, también tiene muchas ansias de encontrarse con toda la gente que ha luchado por la liberación de los Cinco.

«Yo no sé qué voy a hacer para poder agradecerle a todo el que me ha escrito una carta, para abrazar a todo el que nos ha dado esperanza, el que nos ha apoyado», dice René en la voz de su hija.

«Son muchas las cosas que desea hacer y no puede, porque está donde no debe estar. Ninguno de los deseos de mi papá puede ser cumplido hasta que regrese a Cuba.

«Está en el país donde sus movimientos tienen que ser limitados. Tiene que cuidarse, tiene que cargar con las cicatrices de 13 años en prisión, que no es bobería, eso ha dejado huellas en cada uno de nosotros, y las sigue dejando; primero porque él está allá, y segundo, porque sus hermanos también. En la lucha por ellos las cinco familias se han fundido de tal modo que jamás luchamos por uno solo. Y por eso es que la batalla continúa».

Puentes del amor

En medio del amor que las creó, viviendo y sufriendo la separación de sus padres, es normal que también asuman la responsabilidad de ayudarlos a acercarse, a que se acorten las distancias. Por eso, Irmita recuerda con una sonrisa que su mamá está siempre en el pensamiento de René.

Ese día 7 de octubre «él enseguida dijo “vamos a llamarla”, y luego trató de tranquilizarla: “trata de dormir, de descansar, ya yo estoy bien, ya yo estoy afuera”.

«Igual que esa llamada, en las que siguieron nosotras veíamos cómo él las disfrutaba, como él se apartaba para tener ese espacio solos. Por lo menos ahora las llamadas pueden ser un poquito más extensas, pero no es suficiente.

«Ellos son dos personas muy alegres, siempre lo fueron; lo puedo decir yo, que los viví cuando chiquita. Y a pesar de las crueldades, lo siguen siendo. Mi papá es una persona muy risueña, y cuando ellos hablan siempre están riendo, tratan de sobreponerse al dolor, y lo hacen también por nosotras.

«A mi mamá cada vez le cuesta más trabajo, porque el tiempo pasa, porque le cuesta más sonreír, porque cada vez lo extraña más, y lo mismo le pasa a él.

«Este momento sigue siendo el mismo. Mi papá por un lado, mi mamá por otro; uno sufriendo, el otro también. Y lo mismo ocurre con el resto de los cuatro compañeros y sus familias», afirma.

Entonces le viene a la mente el más reciente cumpleaños de su mamá, el primero en el que el hombre de su vida no estaba en una prisión; el primero en cierto modo diferente, aunque no tanto como debiera.

«Nos reunimos y con una cámara le grabamos todo lo que ocurría. Le presentamos a cada uno de los miembros de la familia que él no conoce, o que eran muy pequeños cuando se fue. Por ejemplo, la esposa de mi primo está embarazada: le filmamos la barriga. Él fue partícipe de todo lo que allí ocurrió», cuenta, y vuelve la luz, porque sabe que pronto ella y su hermana podrán ver junto a él esas imágenes.

«Conoce cada detalle de la dinámica familiar y quiere formar parte de ella de una vez y por todas», apunta Irmita.

«Le mandó un regalo a mi mamá para que lo guardáramos hasta ese día. Ivette tenía el regalo y yo la carta…

«Yo creo que ella vive su felicidad a través de nosotras; cuando estamos juntas y hacemos cosas juntas, ella se ilumina un poquito. Pero ese día lo único que decía era “vamos a llamar a Rene”».

René y las nuevas tecnologías

Desde el primer día fuera de la prisión fue una preocupación para las niñas, especialmente para Irmita, enseñar a su papá las nuevas formas de comunicación, sobre todo para cuando ellas tuvieran que regresar.

«Conversábamos, tratamos de actualizarlo sobre cómo funciona un celular, una computadora; cómo funciona Internet para escribirle a mi mamá, para chatear con ella. Todas esas cosas que parecen boberías, pero que son temas que en 13 años han avanzado mucho».

En esos momentos de aprendizaje y de descubrir cosas nuevas reían mucho. Según ella, no fue difícil, porque él es bastante ágil.

Tuvieron que enseñarlo a manejar la computadora con sus nuevos programas y el celular.

«Él se reía y decía: “¡Contra, era más fácil cuando yo podía marcar los números de un teléfono público…!”. Las teclas, las opciones, los espejuelos. También ahora nos damos cuenta de que tal vez los necesite, porque nunca le midieron la vista en prisión. Decía, “no veo”, o “veo bien” si se alumbraban las teclas, y luego se reía mucho».

«Yo le mostré un aparatico y le dije: aquí tengo a Silvio, tengo varios cantantes; los de la década prodigiosa, y él contestó: “¡Pero en eso tan chiquito hay tanta música!”, porque cuando él entró a la cárcel lo último era el CD… Resultaba un poco gracioso, pero a mí me daba un poco de tristeza mezclada con ternura saber que durante tantos años se había perdido miles de cosas. Y una vez más él volvió a pensar en sus hermanos… “No podemos dejar que esta gente siga en la cárcel, o no van a empatarse más nunca con la tecnología”».

Los Cinco

La hermandad entre estos cinco hombres que no se ven, ni pueden comunicarse entre ellos desde hace 13 años, no es de consignas o carteles. Está en la grandeza de cada uno y el modo en que antes de pensar en sí mismos piensan en los otros. Todavía estremece el mensaje y el poema que compartió Antonio Guerrero el día que René salió de la prisión. No sorprende que Irmita también comparta el modo en que habitan los otros en el pensamiento de su padre.

«Él tiene millones de preocupaciones, sobre todo respecto a sus cuatro hermanos. Lo primero que hizo fue hablar de ellos, pensar en cómo iba a ser esta nueva batalla por los Cinco.

«No se puede perder de vista que estos tres años son parte de la condena de mi papá y que tiene muchas restricciones. Cualquier cosa que no cumpla puede ser pretexto o justificación para que lo vuelvan a encarcelar. Y eso es algo muy duro para todos, porque él no puede conversar con ellos ni siquiera por teléfono, ni por correo electrónico, ni mediante cartas… Lo tienen prohibido, explica. Es la misma situación que en la cárcel.

«Yo no sabría expresarte con palabras el cariño que se tienen. Y es increíble cuando hablas con mi papá, cuando le preguntas por cualquiera, cómo habla de sus hermanos. Cómo los caracteriza, cuánto los admira, cuánto los quiere, cuánto ellos se honran el uno al otro. Cualquier cosa que pasa en la familia de uno repercute en los otros, enseguida escriben a los familiares, ¡y eso que hace años que no se ven!».

«Hay que recordar que cuando fueron arrestados, al coincidir en la cárcel, ellos cinco decidieron cada uno por su lado plantarse y no permitir que se les manipulara ni con su familia ni con nada para traicionar a su país. Y ellos admiran eso en cada uno, porque de manera individual lo hicieron. Además, compartieron esos meses cuando nadie los conocía, cuando la comunicación era nula, cuando no habían pasado por el juicio. Compartieron además los seis meses de juicio que, según mi papá nos narra, fueron seis meses de tortura, diseñados para eso.

«En ese tiempo fue cuando los Cinco se conocieron realmente, se hermanaron y aprendieron a amar a la familia del otro; y eso es algo que los años no han podido borrar. Y más: cada uno por su lado ha sabido qué cosa es el encierro y la prisión en EE.UU., y por lo tanto, cuando uno quiere a una persona y sabes exactamente lo que está pasando, sufres el doble.

«Me decía: “con Fernando puedo conversar mucho, siempre está riendo a pesar de la seriedad con que las personas lo identifican; Tony es muy noble, Gerardo tiene ocurrencias que nadie se las puede imaginar, Ramón es muy jovial”.

Siempre tiene algo que decir de cada uno, y por cada uno siente el mismo afecto».

No quiere perder tiempo

A Irmita se le entrecorta una vez más la voz y pareciera que en cualquier momento va estallar. Pero sigue y habla de angustias, con la certeza de que tienen que ser temporales.

«La tristeza que nos da saber que estaba allá, sigue estando ahí. Estamos más preocupados, aunque puede parecer contradictorio; estamos más pendientes de que esté bien, porque de alguna forma tememos por su seguridad, y eso es algo que todas las noches cuando te acuestas, cuando vas a cerrar los ojos, hace que te preguntes: ¿estará bien?, ¿qué estará comiendo?, ¿qué estará pensando?».

Pero pensar en el futuro se convierte en sostén.

«Quiere su vida con nosotros. Están los proyectos familiares, de compensar todo el tiempo que hemos perdido. Los proyectos con mi mamá. Subir el Pico Turquino, ver la Sierra Maestra, el Escambray, recorrer las calles de su país. Conocer a los familiares de sus compañeros. Volverse a reunir con los cuatro: él dice que si algo bueno se pudiera sacar de que a él lo hayan dejado allá, es que a lo mejor pueden regresar los cinco juntos.

«También quiere formar parte del proceso político-social del país, ser uno más del pueblo. No perder tiempo. No quiere perder tiempo.

«Su vida todavía está en espera de empezar y la nuestra de algún modo también; porque en una familia tan unida, donde la figura de mi papá es tan importante, no se puede ser plenamente feliz, no se pueden llevar a cabo los proyectos por pequeños o grandes que sean, si sabes que uno de los miembros más importantes está sufriendo.

—¿Le gustará el reguetón?   —pregunto, y a ella le sale una carcajada de pura sorpresa.

—Mi papá es una persona muy flexible. De lo que sí estoy segura es de que va a querer escucharlo para saber qué reguetón se hace aquí. Y aunque tiene sus gustos definidos, es muy abierto ante lo nuevo. No creo que ponga ninguna resistencia para escuchar reguetón cubano.

—¿Cómo es la Cuba que sueña René?

—Lo que mi papá sueña es estar en su Cuba. Él sabe que en todos estos años de ausencia, el país ha cambiado, pero también mantiene las cosas que él ama. Sueña con seguir construyéndolas y, sobre todo, partiendo de los valores que esta sociedad trata de seguir fomentando.

Se hace un silencio, y la brisa sigue colándose en la casa del mejor papá del mundo para sus hijas… Mientras, en esta tierra seguimos comprometidos con la lucha para que él lea esas letras en el umbral; para que entre, se encuentre a su Olga, descanse en el sofá, tome un buchito de café en el comedor, se maraville con la brisa, se acostumbre a doblar la ropa de sus mujeres, puedan ser cambiadas las fotos de la sala e inicie el tiempo de los abrazos infinitos, para él y para otras cinco familias cubanas.

¿Quienes son?

René González Fernando González Antonio Guerrero Ramón Labañino Gerardo Hernández

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